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Cada vez se descubre con mayor presición la complejidad del ser humano y de su estar en el mundo. La filosofía contemporánea acepta que todo ser humano no es un ente ya ahí, ya hecho desde siempre, sino que más bien es un poder-ser, un horizonte abierto hacia lo indefinido, hacia lo incierto, hacia ¿el infinito?

Sin embargo, aún sigue existiendo en algunos docentes, una enorme preocupación por cubrir el programa al 100%, por seguir la lógca interna de las asignaturas, por la disciplina, por la asitencia, puntualidad y festivales, etc. Cuando la propuesta adyacente consistiría en reconocer la diferencia profunda de cada ser humano y la necesidad implicita de personalizar los aprendizajes, de responder a las necesidades reales de los estudiantes; y los más importante es que los estudiantes se desempeñen socialmente como hijos de familia, como ciudadanos, como responsables de la vida que se genera en ello y en su derredor.

Es menester, desplazar a los centros educativos que centran sus esfuerzos en formar estudiantes que aprenden a pasar los exámenes. Si no es de esta manera, entonces sigue vigente la pregunta: ¿Dónde se encuentra la dimensión humana de la educación?