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El lenguaje es la morada del ser, sostenía Heidegger. El pensador alemán más que especular sobre el ser, hablaba del lenguaje. Pero no una morada en la que cabemos todos, sino que cada uno de nosotros tiene la suya particular. Algunos disfrutan de una sólida; otros, vamos más apañaditos, nos cobijamos en una llena de goteras, casi a la intemperie. Otros disfrutan en el interior de un clima apropiado para cada estación, mientras que la mayoría no acertamos nunca a acondicionarla. Hay que tener presente una máxima fundamental: en todo lenguaje que se precie, ninguno de los objetos a los que se dirige puede ser un signo del lenguaje. Así, cuando yo hablo de una estampida de búfalos, ningún búfalo pasa por mi boca.

Existen, pues, moradas de muchos tipos y la utilización que cada uno hace de ellas parece no tener fin. Las hay de ambiguas, otras, de más precisas. También las de construcción enmarañada, otras de engañosas. En fin, un universo. La gran cuestión es cómo las vemos cada uno de nosotros, no las nuestras, sino las de los demás: cómo las leemos.

La lógica te llevará de A a B. La imaginación te llevará a cualquier lugar. Albert Einstein